
Una secuencia de telegramas tardíos traza un camino ferroviario que ningún mensajero vivo podría haber completado antes del amanecer.
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Tres telegramas llegan a Londres antes del amanecer, cada uno enviado desde una estación diferente demasiado lejos para que cualquier mensajero humano hubiera llegado en el tiempo indicado. Los mensajes son prácticos, concisos y todos concernen al reenvío de cajas bajo nombres supuestos. Mina Harker nota que el horario no forma una ruta de viaje, sino una ruta de preparación. Van Helsing ve depredación; los jefes de estación insisten en el error; y la ciudad misma se convierte en un horario de terror. El problema no es solo quién envió los mensajes, sino quién arregló que los sistemas ordinarios ayudaran sin darse cuenta de a qué servían.